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Presentación del libro Ramón Acín. En cualquiera de nosotros un pedazo tuyo Arturo San Agustín Librería Laie, Barcelona, 11 de noviembre de 2021
No es a mí a quien corresponde hablar aquí de Ramón Acín, que fue profesor, dibujante, caricaturista, escultor, periodista y grabador. Lo mío hoy, esta tarde, es hablar durante unos minutos de Víctor Juan, que es el autor del libro que nos ocupa Ramón Acín. En cualquiera de nosotros un pedazo tuyo. Pero permítame recordar brevemente una noche bastante sincera en Granada. Fue después de celebrarse en España el primer homenaje autorizado a Federico García Lorca. Yo estaba con mi amigo José Agustín Goytisolo y con Rafael Alberti, que interrumpió su helado y me dijo: «Me alegro de que a Federico se le siga homenajeando, pero deberíamos recordar a muchos más». Yo le respondí que los principales responsables de que a García Lorca se le convirtiera en el mito que aún es —y digo mito y no leyenda— fueron los comunistas y lo hicieron pensando más en la propaganda política que en la cultura y en el crimen. Pero aquella noche en Granada, Alberti, que siempre dijo ser comunista, tenía razón. El fusilamiento de Lorca ha ocultado el fusilamiento de intelectuales como Ramón Acín, que a mí me parece superior al granadino. Y que las adelfas me perdonen. A Víctor Juan, que es zaragozano, ahora mismo lo recuerdo hablando de la heroína María Moliner en un programa de televisión que intentaba hacerle justicia. Pero ni siquiera en estos tiempos de feminismo fervoroso y, aunque necesario, no siempre acertado, tampoco se le hace justicia a Moliner, cuyo diccionario, pese a las nuevas tecnologías, sigue estando vigente. Moliner era aragonesa, como Ramón Acín y como Víctor Juan. Ser aragonés sigue siendo un problema en esta España actual. Demasiada discreción nunca ha sido buena y mucho menos en estos tiempos de tecnologías inalámbricas. Demasiada discreción y una excesiva autocrítica porque quizá eso es lo que suele caracterizar a muchos aragoneses. Yo creo que Víctor Juan, cuando llame por teléfono a alguien a quien no conoce personalmente, no debería decir nunca más «yo no soy nadie». Él da clases en la Facultad de Ciencias Humanas y de la Educación de la Universidad de Zaragoza, es decir, en la antigua Escuela de Magisterio de Huesca que ocupa el mismo edificio en el que su admirado Ramón Acín enseñó una manera de entender el mundo a muchísimos jóvenes que querían ser maestros. Víctor Juan es también escritor, dirige el Museo Pedagógico de Aragón y es patrono de la Fundación Ramón y Katia Acín. Víctor Juan dice que ha contado la historia de Ramón Acín miles de veces. Ocurre que la cuenta muy bien. Y eso explica que, cuando se dirige, por ejemplo, a los niños, y les dice que Ramón Acín tenía un perro, los niños le interrumpen diciéndole: «Que se llamaba Toby». Quizás ya lo sepan ustedes: el perro Tobi, negro, rabón y muy popular en Huesca, se llevaba mal, muy mal con el bozal que imponía la ordenanza municipal. Fue por eso que Acín, cuando salía a la calle, le pintaba a Tobi un bozal de color marrón. Dice Víctor Juan, tras muchos años dedicado a la docencia, que los buenos maestros transmiten una manera de entender la realidad, independientemente de la disciplina que impartan. Y así se evidencia en el libro que hoy presentamos. Cuando mi amigo Ramón García Bragado, nieto de Acín, me mostró la portada del libro de Víctor Juan le dije lo que le he dicho muchas veces: «Solo Dalí y tu abuelo eran ya actuales cuando la mayoría de sus colegas parecían ya antiguos». Y me refiero, claro, a su percha física, a su vestimenta, que también habla de nosotros. En la portada del libro que nos ocupa, un magnífico retrato de Rodolfo Albasini, hecho en 1915, aparece un Ramón Acín abigotado, apatillado y provocador logrando que su camisa blanca parezca el popular escote femenino conocido como palabra de honor. De ese retrato se desprende que el oscense tenía un gran sentido del humor, es decir que, como todo tipo inteligente, sabía reírse de sí mismo. Solo algunas personas son capaces de hacer de su vida su mejor obra. Y una de esas personas fue, según Víctor Juan, Ramón Acín. Pero antes de concluir permítanme decir que Víctor Juan asegura pertenecer voluntariamente a la orden de los llamados predicadores en el desierto, que son, como su admirado Ramón Acín, los que quieren cambiar el mundo. Y yo me atrevo añadir que lo han cambiado varias veces. Ojo pues con los predicadores en el desierto. Y no piensan únicamente en religiones.
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