REPORTAJE UNA RÉPLICA EN BRONCE DEL BUSTO QUE NO SE PUDO COLOCAR EN BAEZA EN 1966 PRESIDIRÁ LOS JARDINES DEL PASEO DE RECOLETOS

 

Machado y Pablo Serrano

en la Biblioteca Nacional

 

Víctor Pardo Lancina

  

    El 19 junio [2007] se colocará en los jardines de la Biblioteca Nacional en el madrileño Paseo de Recoletos, una réplica en bronce de la escultura que el artista turolense Pablo Serrano (Crivillén, Teruel, 1908-Madrid, 1985) realizó en 1965 para el homenaje a Antonio Machado (Sevilla, 1875-Collioure, Francia, 1939) que se pretendía celebrar aquel año en Baeza. El pedestal de esta “Cabeza de Machado” ha sido realizado por el diseñador Alberto Corazón y el acontecimiento cultural viene a coincidir con los actos de conmemoración que tienen lugar en Soria, con motivo del centenario de la toma de posesión del poeta de la cátedra de Francés de su instituto.

Entre la abundante documentación catalogada y clasificada en el Archivo Pablo Serrano del museo zaragozano del mismo nombre, se encuentran interesantes manuscritos del artista y documentos de variada procedencia, que revelan cómo se concibió el homenaje a Machado que la Policía Nacional disolvió a golpes el 20 de febrero de 1966 y que hubo de esperar 17 años para su materialización.

La propuesta inicial del reconocimiento se gestó con motivo del vigésimo aniversario de la muerte del escritor en Collioure –Rafael Sánchez Ventura representó al Gobierno de la República española en el funeral de Machado–, cuando el fiscal Jesús Vicente Chamorro (Valverde del Fresno, Cáceres, 1929-Madrid, 2001) y un nutrido grupo de intelectuales pretendieron comenzar a sacudirse el plúmbeo sopor cultural de la Dictadura, recordando el compromiso ético del autor de “Soledades”. No obstante, las circunstancias no aconsejaban precipitación ni falsas expectativas, pasando el proyecto del entusiasmo inicial a una lánguida gestación.

“Con ocasión de un viaje por Andalucía –refiere Chamorro en un documento en el que explica su intervención en el homenaje– en el mes de febrero de 1965, al encontrarme en Bailén ya de regreso, decidí visitar Baeza para conocer la ciudad y, de paso, recordar al juez de instrucción don Manuel Gómez Villaboa, del que soy amigo y compañero de promoción, la posibilidad de organizar un homenaje a Machado, del cual habíamos hablado en Madrid varios meses antes». En Baeza Chamorro expuso el proyecto al alcalde, Fernando Viedma Rodríguez y al titular de la cátedra de Francés que había ocupado Machado de 1912 a 1919, inmediatamente después de perder a su joven esposa Leonor en Soria, y “ambos aceptaron satisfechos las propuestas” señala el jurista.

 

«Paseos con Antonio Machado»

 

En Madrid se constituyó la comisión organizadora que pasó a denominarse “Paseos con Antonio Machado” y entre los más decididos de sus promotores se significaron los poetas José Manuel Caballero Bonald, Jesús López Pacheco y el arquitecto Fernando Ramón Moliner, hijo de María Moliner y a la postre autor de la estructura en hormigón armado que sustentaría el monumento. Igualmente se integraría en este grupo Pablo Serrano. “El día 15 de mayo de 1965 –escribe Pablo Serrano– acudí a Baeza invitado por la Comisión para elegir el lugar que se destinaría al homenaje a Don Antonio Machado y me pareció que aquel recorrido habitual de Machado por el paseo de las afueras del pueblo amurallado, con vistas a un hermoso e infinito paisaje, era el mejor lugar para su balcón desde Baeza a España y sus hombres”. Sin duda el lugar era apropiado, la serenidad antigua del paisaje andaluz alcanzaba en ese punto proporciones mágicas: “¡Campo de Baeza / soñaré contigo / cuando no te vea!”, escribió el poeta cuya mirada, según dejó dicho Rubén Darío en un verso que emocionaba e iluminaba a Serrano, “era tan profunda que apenas se podía ver”.

 

El escultor y el arquitecto iniciaron en este punto un diálogo profesional, artístico y pasional con el ánimo de dar forma al monumento en un lugar que se prestaba “para reunión de gentes, centro de invitación a los poetas”. Pablo Serrano quería aunar la forma geométrica que evocaba la rectitud del escritor, la inteligencia y la razón, con una forma oval de cálidos perfiles, la propia cabeza del poeta, que evocara la sensibilidad, la calidad humana, al hombre, en definitiva, “cuyo verso es de agua clara como el pueblo, y a él vuelve”. “El problema del cubo –reflexiona– fue resuelto por el arquitecto y amigo Fernando Ramón, perforándolo para que fuera colocada dentro de él la cabeza en bronce, quedando como en un santuario o gran candileja proyectada al infinito”. El armazón a modo de teatro con sus gradas de piedra se realizaría en cemento armado blanco, el “blanco luto de cal” de los confines de Andalucía.

 

Suscriptores privados

 

Al homenaje, “un acto rigurosamente humano y cultural” señaló Chamorro, se sumaron a título de suscriptores privados con diferentes aportaciones económicas numerosos intelectuales e incluso algunos políticos del momento: Ignacio Aldecoa, Julián Marías, Antonio Jiménez Landi, José Antonio Martínez Soler, Fernando Ramón Ferrando –padre del arquitecto, catedrático depurado tras la Guerra Civil–, el gran especialista machadiano Oreste Macrí, Vicenta Fernández Montesinos, Luis García Berlanga, Isabel García Lorca, Antonio Sánchez Barbudo, Elisabeth y Gabriel Jackson, Carmen y Severo Ochoa, Manuel Alvar, José María Gil Robles, Raúl Morodo y también Rafael Alberti, el Nobel de Literatura (1959) Salvatore Quasimodo, Victoria Kent o los profesores José Luis López Aranguren y Enrique Tierno, a los que el Régimen acaba de expulsar de la Universidad por su manifiesta oposición a las autoridades académicas y políticas... el interminable listado arroja una recaudación de 109.121,71 pesetas, suficiente para financiar los gastos materiales presupuestados.

 

Las obras en Baeza, no obstante el compromiso formal adquirido por su alcalde, no avanzaban al ritmo previsto y por dos veces hubo de aplazarse la ceremonia de inauguración y entrega del conjunto artístico al pueblo jienense. En enero de 1966 la comisión organizadora toma el acuerdo definitivo de celebrar los actos el domingo 20 de febrero y así se lo hicieron saber al máximo regidor municipal, quien renovó la palabra dada ante los promotores.

 

Durante los días 7 a 9 de febrero se expuso en Barcelona, en la sede del Colegio Oficial de Arquitectos de Cataluña y Baleares, el busto realizado por Pablo Serrano, la maqueta diseñada por Fernando Ramón, un cartel pintado por Miró para convocar los actos y las placas que habían de colocarse en Baeza en los lugares machadianos por excelencia: la fachada de la casa donde vivió el poeta, el aula del instituto en el que impartió clases y el paseo extra muros donde estaba previsto que se ubicaría el ámbito escultórico. La exposición constituyó un éxito. El decano de los arquitectos catalanes Antonio de Moragas y el director de la comisión cultural del colegio, Cesáreo Rodríguez Aguilera, la consideraron como una contribución de Cataluña al reconocimiento a Machado, cuya obra y actitudes cívicas no dudaron en parangonar con las de Salvador Espríu, “al poner ambos de relieve, de manera clara y rotunda, hechos y situaciones ingratas, en anhelo de superación”.

 

También en Madrid se presentó el homenaje, en el Instituto de Boston, si bien no hubo exposición. El arquitecto Ramón Moliner aludió en esta ocasión a la modestia y discreción de Machado a quien “si le hubieran dicho de golpe que le iban a erigir un monumento, yo creo que hubiera torcido el gesto”. Fernando Ramón imaginó un diálogo con el escritor de “La tierra de Alvargonzález” tratando de convencerlo acerca de la bondad del empeño: “... Tiene usted que reconocer que desde que usted se paseó por allí ya nadie, nunca, se asomará al paisaje sin pensar en usted... y tiene usted que comprender el significado que su recuerdo tiene para nosotros... Y yo creo que don Antonio se daría cuenta de que lo que se le proponía no era un monumento a él mismo, sino un monumento al pensamiento libre; y creo que, al final, aceptaría el que su figura fuera utilizada con tal objeto y en ese momento”.

 

La policía carga en Baeza

 

Todas las prevenciones tomadas por los organizadores, la entidad social de las adhesiones recogidas, el explícito espíritu conciliador y aparentemente no politizado del acto, fueron insuficientes frente a las suspicacias castrenses de un Régimen siempre alerta y dispuesto a actuar de modo contundente ante una eventual disidencia. Diez días antes de la fecha prevista, y aun cuando ya había sido convocado el acto a través de la prensa –el mismísimo NO-DO anunció su presencia–, el alcalde de Baeza determinó un nuevo aplazamiento, esta vez hasta el 21 de marzo. El fiscal Chamorro y Caballero Bonald se entrevistaron con el presidente del Ayuntamiento Viedma Rodríguez, pero no lograron que cambiara de opinión y aunque éste se comprometió a viajar a Madrid y analizar con la comisión organizadora las razones de la repentina demora, tampoco lo hizo. Así las cosas, los promotores de “Paseos con Antonio Machado”, a pesar de la confusión creada, mantuvieron la fecha del 20 de febrero para realizar el homenaje.

 

Pablo Serrano viajó a Baeza con el pintor Manolo Millares el día 18, mientras que Jesús Vicente Chamorro lo hacía con Fernando Ramón. Al tiempo, desde distintas capitales españolas jóvenes universitarios y gentes del mundo de la cultura organizaban igualmente su traslado a la ciudad en la que Machado publicó sus primeras ediciones de “Poesías completas” y “Páginas escogidas”.

 

En Baeza, a donde llegaba “la revolución de los apóstoles”, al decir de los baezanos a la vista de los muchos barbados que se veían por sus calles, se sucedían las entrevistas en el Ayuntamiento, las llamadas al Gobierno Civil, las reuniones entre los jefes policiales y los mandatarios municipales. El día 19, Pablo Serrano y Fernando Ramón enviaron al alcalde a través del notario de Baeza Joaquín de Prada, una “solicitud de reunión” en el Paseo de las Murallas, para realizar “la entrega formal del monumento al pueblo”, amparándose en “el artículo 16 del Fuero de los Españoles, en virtud del cual, las reuniones son lícitas si el fin es lícito”, decía el escrito en términos respetuosos. Pablo Serrano anota en su cuaderno de recuerdos que dadas las dificultades que asolaban la empresa, la comisión acataría los dictados del alcalde comprometiéndose a ejecutar exclusivamente el acto de entrega del monumento “que consistía en unas breves palabras y en la colocación de la cabeza de bronce dentro del cubo”. “Estábamos de acuerdo –prosigue– en no realizar el paseo, en no colocar las placas (que quedarían en depósito del notario), en no leer las adhesiones y en no decir discursos”.

 

El arquitecto del Ayuntamiento de Baeza, director técnico de los trabajos en el monumento, acompañó al diseñador, Fernando Ramón hasta el cubo de hormigón para supervisar el estado del proyecto, ordenando el desencofrado definitivo y limpieza del mismo. Todo estaba dispuesto. Sin embargo, a las 4,30 horas de la madrugada, el alcalde que había estado reunido con algunos ediles y en contacto con el gobernador, llamó hasta su despacho al notario para hacer llegar a Jesús Vicente Chamorro una orden de suspensión de los actos basada en los peregrinos argumentos de que las obras no se habían podido terminar, “dado el régimen prolongado de temporal que venimos padeciendo”, amén de considerar que los promotores “carecen de personalidad para actuar en nombre y representación de la comisión que invocan”. Fernando Viedma Rodríguez se mostraba dispuesto a aceptar en su despacho de alcaldía el busto de Machado y guardarlo “en calidad de depósito”.

 

La mañana del 20 de febrero de 1966 amaneció “encapotada y gélida”, según cuenta Vicente Molina Foix, presente en la plaza de Baeza gracias a un autobús fletado por el Club de Amigos de la UNESCO en Madrid. En la ciudad se arremolinaban más de 3.000 personas llegadas de todos los confines patrios, mientras otras muchas no podían acceder porque la Guardia Civil había cortado las carreteras poniendo sitio al lugar. Pablo Serrano, Fernando Ramón y el insomne notario acudieron al monumento para certificar que la obra sí estaba concluida. Con todo, el escultor se dispuso a abandonar Baeza dado el cariz que iban tomando los acontecimientos aunque fue detenido por la policía y conminado a no volver sobre sus pasos, mientras Jesús Vicente Chamorro introdujo el busto de Machado en el maletero de su vehículo y partió hacia Madrid.

 

Las calles de Baeza se convirtieron en arterias que latían con urgencia, bombeando gentes en dirección al tranquilo lugar en el que Machado solía pasear y conversar “con el hombre que siempre va conmigo”. La policía cargó con furia contra los concentrados dispersándolos por los campos andaluces, entre olivos polvorientos y el estupor de los pájaros. Chamorro guardó en el cuarto de contadores de su casa en Madrid el busto que Pablo Serrano fundió para Machado. 17 años después, el 10 de abril de 1983, el poeta y el escultor regresaron en paz a los horizontes de Baeza.

 

 

La luminosidad interior

 

    “El retrato –afirma Pablo Serrano– debe de hacerse cuando el hombre no posa. Cuando habla y está emitiendo su pena, su dolor o su alegría. Cuando todo respira del interior al exterior... Si el retratado posa, se cierra y ya no dice nada. Hay que retratarlo cuando a toda la expresividad de esa cáscara exterior afluye lo interior como una luz”. De tal modo está realizado el busto de Machado comprendido en la serie “Interpretaciones al retrato”, plasmando en el gesto del poeta la intensidad y hondura de su pensamiento, su capacidad para la reflexión y el intimismo, la “tristeza metafísica” de la que habló Eduardo Westerdahl.

 

    Pablo Serrano tomó abundantes notas de las lecturas pausadas de la obra de Machado antes de cincelar en bronce la sobriedad de sus rasgos, antes de trasladar a los contenidos perfiles la música de la cigarra cantora y el silencio del junco pensante, “entes que alegóricamente le habitaron” y que representan el deseo de cantar y contar, el alma pura de la poesía. “Su anhelo –escribe Pablo Serrano en una gavilla de ideas para interpretar a Machado– era atar extremos aniquilando contradicciones, reduciendo todo a unidad. He aquí también mi preocupación por representar lo expresivo de su rostro, su cabeza en lo real e irreal, el rasgo físico y la geometría que sustenta esa realidad. Al fin y al cabo el sueño verdadero de todo creador, armonizar dualismos y vencer discordancias. Tratar de crear una lógica nueva en la cual todo razonamiento deba adoptar la manera fluida de la intuición”.

 

    El busto de Antonio Machado, amor y dolor fundidos con vigor y dulzura al tiempo, contemplará estoico a partir del próximo día 19 el cargado ambiente de Madrid, si bien el verdor placentero de los jardines de la Biblioteca Nacional y su benéfica influencia, mitigarán las asperezas. La réplica en bronce que descansará en el pedestal que ha concebido Alberto Corazón, vendrá a sumarse a las originales (65 x 45 cm) expuestas en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en la Universidad estadounidense de Providence, en el Museo Nacional de Arte Moderno de París, en Soria, en el Ermitage de San Petersburgo y en la Academia de San Fernando en Madrid. También el Museo Pablo Serrano de Zaragoza cuenta entre sus fondos con la “Cabeza de Machado”, en su caso con dos piezas, una de la misma serie mencionada y otra mayor (127 x 105 cm), semejante a la expuesta en el monumento al escritor de “Campos de Castilla” en la Ciudad de los Poetas, en el barrio madrileño de Saconia.

 

NOTA: Reportaje publicado en el suplemento A&L de Heraldo de Aragón el 14 de junio de 2007.