El beato que predicó contra la República

 

 

     El 29 de octubre fue un día de gozo en el Vaticano, una gran ceremonia de beatificación vino a glorificar a 498 mártires de la «cruzada», religiosos caídos por Dios y por la Patria, «la luz del mundo», como ha dado en designarlos la Conferencia Episcopal Española. Entre este abultado número de sacerdotes, diáconos y seminaristas asesinados en los primeros días de la Guerra Civil, cuando el colapso producido por el golpe de Estado de los generales desató una incontenible violencia revolucionaria, destaca el nombre de un obispo, Cruz Laplana y Laguna, nacido en 1875 en el valle pirenaico de Gistaín, en la pequeña localidad de Plan (Huesca). Don Cruz moriría violentamente en Cuenca el 8 de agosto de 1936, donde ejercía su ministerio sin titubeos desde el año 1921. Junto al obispo cayó su fiel ayuda de cámara, otro cura altoaragonés que también será elevado a la dignidad de los altares, Fernando Español Berdié, natural de Anciles.

     Algunos datos biográficos del preclaro hijo de Plan se han divulgado en un libro colectivo, editado por la organización de los obispos con motivo de la canonización, sin embargo se ha pasado por alto el importante capítulo que su biógrafo, el caspolino Sebastián Cirac Estopañán, profesor del Seminario de Cuenca, recrea bajo el epígrafe «Patriotismo, martirio y última voluntad», en la intensa hagiografía Vida de Don Cruz Laplana. Obispo de Cuenca (Barcelona, 1943). No parece ocioso, por tanto, hacer luz en esta determinante última etapa de la virtuosa existencia del beato, si bien es necesario un elemental encuadre temporal previo para explicar la naturaleza de las preocupaciones terrenales del mitrado, tenido por candoroso y pío.

     Un hecho aparentemente inocuo vino a alterar la tranquila vida clerical y caciquil conquense en 1919, la toma de posesión como profesor de Geografía en la Escuela Normal del joven Rodolfo Llopis, discípulo de la Institución Libre de Enseñanza, y pedagogo aplicado en la tarea de revolucionar los métodos tradicionales de la escuela. Llopis, además, era socialista y masón. En 1922 se presentó a las elecciones municipales obteniendo acta de concejal, al tiempo puso en marcha la logia Electra, abrió un templo en Cuenca y extendió la obediencia masónica por la provincia. Dos religiosas de un convento de la ciudad obtuvieron la ayuda de los hermanos adscritos a Electra para secularizarse, circunstancia que Llopis dio a conocer a todo el país a través de un folleto ampliamente difundido que provocó la ira de los eclesiásticos. «Se fundaron sociedades obreras –escribe un enfurecido Cirac Estopañán– de carácter marxista, las cuales habían de servir únicamente como fuerza violenta para conseguir los fines de la masonería al servicio de las logias francesas y del judaísmo internacional».

     Izquierdismo, marxismo, republicanismo, difamación, listas negras, la «revolución roja», en definitiva, llevaba en Cuenca el sello de la masonería y la firma en la prensa local del detestado maestro. «En conclusión –insiste Cirac hablando por boca de su destemplado y beligerante obispo–, la masonería esencialmente anticristiana, antiespañola y antisocial, obra de tinieblas y de víboras, es principalmente responsable de la revolución, de sus ruinas, de sus lágrimas y de sus crímenes». También, a ojos de don Cruz, monárquico confeso, la masonería era el agente del mal que había propiciado la expulsión de España en junio de 1931, del integrista cardenal Segura, a quien le ofreció desde su canonjía en Cuenca toda la ayuda diocesana que estaba en su mano, amén de poner a disposición del desterrado jefe de la Iglesia su propia fortuna personal, en aquellos momentos ya dispuesta para la causa de la lucha contra la República. «El señor obispo de Cuenca consideró la caída de la monarquía en abril de 1931 como un derrumbamiento, no por falta de opinión, sino por falta de base moral, es decir por defecto de valor y de virtud. Según él, sólo la austeridad y la fortaleza de las virtudes podían salvar a la patria en peligro; por consiguiente era necesario poner en servicio de la religión y de la patria a la cabeza de la política patriótica, hombres de virtudes morales y cristianas bien acrisoladas». Don Cruz Laplana se aprestó en cuerpo y alma al heroico «ejercicio de cumplir con los deberes ciudadanos por Dios y por la Patria», esto es, a conspirar contra el Gobierno legítimo.

     Encomendó al canónigo Joaquín María Ayala que organizara una red de propagandistas de la política derechista por toda la provincia, «valiéndose de seglares que eran los que únicamente debían figurar y actuar». El doctoral encargado reclutó al general Fanjul, quien habría de proclamar la sublevación del 18 de julio en Madrid, así como a otros varones que atesoraban las mismas «solidísimas virtudes», si bien en todo momento y circunstancia «el señor obispo era el consejero supremo». Así las cosas, los partidarios de Gil Robles triunfaban en la política patriótica de Cuenca aureolada, por tanto, de santidad y bendiciones. «Fracasará –afirma don Cruz– quien venga a Cuenca con durezas y violencias especialmente contra la fe, contra la tradición y contra la justicia. Por eso se puede augurar como seguro el fracaso de la República en la provincia...».

     No era partidario el obispo, hombre de carácter, según su biógrafo, de dejar cabos sueltos ni contingencias fiadas al azar. De tal modo, que para extender la prédica contra la inicua corrupción moral y política fundó distintas organizaciones de jóvenes y de adultos que, integrados en la combativa Acción Católica, rivalizaron con determinación y empuje contra los disolventes masones y marxistas agrupados en partidos políticos y sindicatos de izquierda. Asimismo, dos publicaciones editadas por el obispado en su propia imprenta se convirtieron en vehículo de opinión y agitación para la derecha católica. Sebastián Cirac cifra en no menos de 40.000 pesetas la inversión particular materializada por don Cruz en las empresas propagandísticas.

     El celo patriótico del prelado y su influencia en los ambientes más recalcitrantes alcanzaron tal notoriedad y solvencia que en la segunda vuelta de las elecciones de 1936, celebrada entre otros lugares en Cuenca, «por voluntad expresa del señor obispo fue presentado don José Antonio Primo de Rivera en la candidatura de las derechas». Sin duda, los pistoleros de la Falange joseantoniana hacían suyo el elevado pensamiento del padre de la Iglesia: «Ahora nos encuentra la revolución mejor organizados que en 1931 y, además, acostumbrados no sólo a sufrir, sino también a resistir».

     La sublevación del 18 de julio, con todo, fue sofocada en los predios del buen ministro del Señor: «Si hubiera habido un militar decidido –lamenta Sebastián Cirac–, en Cuenca hubiera triunfado el Levantamiento Nacional desde el primer momento». El 28 de julio, don Cruz Laplana y su ayudante Fernando Español, fueron detenidos en el obispado por un grupo de milicianos. Permanecieron presos en el propio seminario hasta la madrugada del 8 de agosto, cuando fueron fusilados en una cuneta de la carretera en dirección a Villar de Olalla. «Si es preciso que muera por salvar a España –había manifestado el obispo– moriré a gusto...». A buen seguro, la curia vaticana recordó estas proféticas palabras en la ceremonia de beatificación impulsada por los patriotas de la moderna Iglesia de España.

Víctor Pardo Lancina