Víctor Juan: «Las pajaritas del santuario de san Úrbez de Nocito son un grito en el silencio»

El escritor y pedagogo cuenta en un libro el increíble homenaje de un carpintero, en los años 40, al artista Ramón Acín, fusilado en Huesca en 1936

 

(Una entrevista de Antón Castro, en Heraldo de Aragón, 9 de diciembre de 2023)

 

¿Cómo le llegó la historia del retablo de san Úrbez de Nocito que cuenta en ‘El secreto de las pajaritas’ (Rolde/Fundación Ramón y Katia Acín)? ¿Y qué te llamó la atención de la historia?

En septiembre de 2019 Juan Carlos García Cazcarra, entonces concejal de Cultura del Ayuntamiento de Binéfar, me mandó una fotografía del retablo. Inmediatamente supe que eran las pajaritas de Acín porque son dos, no una ni tres, porque se miran para poder dialogar y confesarse sus sueños, que es lo que hacen las pajaritas del parque de Huesca desde que se instalaron en 1929.

De golpe, como la fuerza del destino o el fogonazo de una vieja obsesión, está Ramón Acín. Eso le puso en canción. ¿Por qué tardó tanto en meterse con la historia?

Enseguida pregunté a los hijos de Katia por el retablo. No sabían nada y por esas fechas yo estaba trabajando en mi Ramón Acín. En cualquiera de nosotros un pedazo tuyo, que nos entregó la imprenta la última semana de febrero de 2020 y unos días después se cerró el mundo. Luego tuve que ocuparme de otras urgencias. De cualquier manera, me ha acompañado el runrún del retablo hasta que el verano pasado decidí retomar la fotografía y empecé a hablar con personas que podían tener información sobre el tema. Unas cosas me llevaron a otras y consulté prensa histórica, varios archivos… Así es cómo completé la historia de las pajaritas del retablo de san Úrbez.

 

Defínanos el retablo, que no parece ser artístico exactamente.

El retablo no tiene valor artístico. No está incluido entre los fondos patrimoniales de la diócesis de Huesca. Se construyó a principios de los años cuarenta, cuando la escasez se manifestaba en todos los ámbitos de la vida y la nota que lo define es la humildad. Humildes son los paneles sobre los que se pegaron las estrellas y el sol y la luna. Humildes son las pajaritas, fijadas con unas puntas al cuerpo del retablo. Lo singular de este retablo instalado en una iglesia románica son las pajaritas. Su valor simbólico es enorme. Su valor artístico es prácticamente nulo.

Hay dos personajes centrales en esta historia, a la sombra de Ramón Acín: uno es el carpintero Martín Ara. ¿Cómo lo ve?

Martín Ara tenía veinte o veintidós años cuando hizo los retablos para el santuario de san Úrbez. Con tan solo 16 años fue detenido en Nocito por el comandante del puesto de la guardia civil de Laguarta, conducido a la cárcel de Huesca y, un mes y medio después, juzgado en un Consejo de Guerra en el que resultó absuelto porque, según la sentencia, ninguno de los hechos que se le imputaban era delito. Me conmueve la determinación que tuvo que reunir Martín Ara para decidir rendirle un homenaje a un profesor anarquista asesinado en Huesca uno de los primeros días de la Guerra Civil. En los primeros años cuarenta, en España y en Europa campaba a sus anchas el fascismo y este joven carpintero, que había pasado por la cárcel y que había sufrido un Consejo de Guerra, quiso recordar al profesor Acín en un retablo.

Y el otro el sacerdote Vicente Opi Calvo. ¿Cuáles han sido su papel y su complicidad?

Creo que mosén Vicente Opi desconocía el significado de las pajaritas. No sé por qué le consintió al carpintero que coronara el retablo con las pajaritas o cómo el joven Martín Ara venció sus resistencias. Es poco probable que Vicente Opi hubiera admitido ese homenaje en la ermita a un anarquista. Al fin y al cabo eran anarquistas los milicianos que le hicieron huir precipitadamente del pueblo a través de la sierra. Después asaltaron su casa, quemaron el retablo del santuario y quemaron el cuerpo incorrupto de San Úrbez, que reposaba desde hacía ochocientos años en la ermita. Es muy complicado aceptar que el cura fuera cómplice del carpintero ni que supiera qué representaban las pajaritas ni a quién estaban dedicadas.

«Me conmueve la determinación que tuvo que reunir Martín Ara para decidir rendirle un homenaje a un profesor anarquista asesinado en Huesca uno de los primeros días de la Guerra Civil. En los primeros años cuarenta, en España y en Europa campaba a sus anchas el fascismo»

¿Entiende esa especie de provocación o de desafío al régimen y a la iglesia del carpintero y del cura?

Martín Ara asumió un riesgo evidente. Protagonizó una historia luminosa en un tiempo de tinieblas. Las pajaritas del santuario de san Úrbez son una suerte de grito en el silencio. Quizá Martín Ara pensó que ya le habían robado la vida que quería vivir y por eso decidió jugársela. Me gusta pensar que el carpintero subiría a la ermita, miraría las pajaritas y pensaría que todo había merecido la pena. Las pajaritas son una victoria minúscula, íntima, en medio de la gran derrota.

¿Cree que, en realidad, se desclavaban las pajaritas o sería un mito?

Es cierto. Así se lo contó el carpintero a otra persona clave esta historia: Tirso Ramón Oliván, actual guía del santuario, quien le compró la casa al carpintero en 1991 y a quien Martín Ara trató como a un hijo. El carpintero decía que desclavaba las pajaritas los días que se iba a reunir mucha gente en la iglesia «para que las pajaritas no dieran que hablar». Y nosotros ahora queremos que las pajaritas hablen y den que hablar permanentemente.

Hay otro personaje clave, el profesor Luis Baso. ¿Cuál sería su papel de verdad?

Sabemos que Luis Baso Gimeno fue maestro en Nocito durante dos años, siete meses y trece días. Fue alumno de Ramón Acín en la Escuela de Magisterio de Huesca. Su expediente académico es discreto, pero sacó sobresaliente en las dos asignaturas de dibujo impartidas por Acín y en caligrafía, impartida por Joaquín Monrás, el padre de Conchita. Fue compañero de estudios de Paco Ponzán, Evaristo Viñuales, Lorenza Sarsa, Telmo Mompradé, maestros que pagaron un precio muy alto por los compromisos que contrajeron durante la Segunda República y a Guerra Civil. Trabajó mucho y muy bien con la biblioteca que envió a Nocito el Patronato de Misiones Pedagógicas, unos libros seleccionados por Matilde Moliner y Antonio Machado. Finalmente, sabemos que les enseñó a los chicos de la escuela a hacer pajaritas y que estas pajaritas se mostraron en la exposición de final de curso de junio de 1933 y que sorprendieron gratamente a los vecinos que visitaron la exposición de trabajos escolares. Por todas estas circunstancias sé que fue este maestro quien le habló al joven Martín Ara de Ramón Acín.

Regresa a asuntos que le interesan mucho: la bondad, la educación, Ramón Acín y ese entorno casi legendario de la Escuela de Huesca. ¿Crees que te queda algo por contar?

El universo Acín es muy extenso. Conchita, que cada día es más importante para mí, Katia y Sol, los centenares de jóvenes que fueron alumnos de Acín, las causas justas en las que se involucró… Sí, aún hay cosas por contar. Y cada vez, teniendo en cuenta hacia dónde parece caminar la sociedad, me parece más importante contar muchas veces lo que ya sabemos.

«La de Ramón Acín es la historia más hermosa que conozco. Una historia que combina el humor, la ternura, el amor, el dolor, la tristeza, la memoria y el olvido, la bondad… Una historia que hoy nos debemos contar»

¿Por qué combate siempre la tragedia y busca un lugar hermoso?

Porque soy educador y hace años que me empeño en que la tristeza no sea nunca la última palabra.

Además de la investigación, añade un relato, ‘Admiración, respeto y dolor (cuento extra)’, donde juega con los nombres e imagina qué pudo suceder en realidad. ¿Era necesario este texto a modo de complemento?

Sí, era necesario. En la primera parte del libro cuento lo que fue, lo que realmente pasó. Me baso en fuentes orales, en la información que he encontrado en archivos y hemerotecas, en los datos que he obtenido sobre la Guerra Civil en los libros que he releído. En el segundo capítulo he transitado el territorio de lo que pudo ser que, como se sabe, es infinito. Y en el cuento hago hablar y sentir a los personajes, algo que solo puedo hacer en la ficción. En el cuento desarrollo una hipótesis que ya es para mí lo que realmente pasó.

Escribe una y otra vez de Ramón Acín. ¿Qué sigue encontrando, en qué considera que es un ejemplo?

La de Ramón Acín (y Conchita Monrás y las niñas Katia y Sol y Paco Ponzán, Evaristo Viñuales y Lorenza Sarsa y todas las personas que conocieron a Acín y que llevaban consigo un pedazo suyo) es la historia más hermosa que conozco. Una historia que combina el humor, la ternura, el amor, el dolor, la tristeza, la memoria y el olvido, la bondad… Una historia que hoy nos debemos contar.