(Pinchar para ampliar)

 

 

Breve encuentro

 

Javier Lahoz

El Periódico de Aragón, 26 de noviembre de 2020

 

 

 

Hay momentos en los que, página tras página, me ha parecido ver a Catherine Deneuve correteando y cantando por Cherburgo. No entiendo muy bien esta asociación de ideas, porque bien mirado, leída esta narración de principio a fin, creo que no tiene semejanzas con dicha película, acaso los momentos de despedida, cuando uno teme no volver a coincidir con la persona amada. Y he aquí la historia de un inesperado reencuentro en el que no resulta difícil reconocerse. Marta y Javier se dijeron adiós en el pasado y de repente, bastantes años después, se sitúan de nuevo frente a frente, sabiéndose desconocidos. Es obvio que lo vivido en la ausencia del otro les ha convertido en personas que poco tienen que ver con las que fueron antaño.

Las reflexiones se suceden y apuntan a direcciones que en silencio y en secreto les conminan a aferrarse a la esperanza de retomar aquello que se quebró por juventud o inmadurez, por dejadez quizás, pues ni ellos mismos son capaces de poner nombre a lo que décadas atrás les alejó y que, no obstante, ahora les acerca. Esta obra, que nació como relato, se crece convertida en novela, y lo hace no solo en el número de caracteres sino también en el de matices. Sucesivos diálogos invitan al silencio sin dejar de ser espontáneos y de provocar sonrisas.

El autor juega con frases pronunciadas en el ayer y en el hoy, que resuenan en la mente y se convierten en una cantinela, en una obsesión, en un pensamiento que no deja de taladrar el cráneo en busca de lo imposible, cosa que solo se permite a quienes mantienen la ilusión y la energía intactas. El protagonista sabe que si alguno de estos dos agentes motivadores falla, ha fallado todo lo demás. Pero que si, por contra, se mantienen firmes, nada podrá detenerle. Con un humor peculiar que a Marta le exaspera, él se convierte rápidamente en necesario. Aunque huelga decir que en esta segunda vuelta ella está casada, una relación que naufraga y para la que apenas existen por su parte miradas amables. La felicidad es parada obligada, lo sabe y lo asume, y al tren hay que subirse cuando insiste en pasar.

El repentino encuentro es breve pero les revoluciona por dentro, y de inmediato se construye, y se reconstruye, el retrato de una época lejana que ayuda a comprender miedos y reticencias, ambiciones y deseos. Elena, la hermana de ella, enriquece el espacio por el que se mueve, pues no tiene reparos en poner frescura y color a la incertidumbre que parece flotar en el ambiente. Pero Marta, nombre que da título a esta novela de Víctor Juan, editada por Pregunta, no suelta prenda. Es su secreto.

Otros personajes se suman a la trama, pues este hombre, Javier, gusta también de luchar por lo que cree, y no solo en lo referente al amor. Así que destapa un sucio manejo, que apesta a una ambición sin límites, concebido para el disfrute de unos y el ocaso de otros. No duda en profundizar en el tema y en enfrentarse a quienes manejan los hilos desde la sombra y la extorsión, poderosos que tienen mucho que perder si la repercusión les sobrepasa.

De modo que seguirá en sus trece y batallará hasta el final contra el proyecto que sin duda acabará destrozando el paisaje que forma parte de la esencia de la ciudad, de su ciudad, que no es otra que Zaragoza, cuya presencia es constante a través de fotografías hechas con palabras, bien al referirse a parques, estatuas o rincones, bien al referirse a barrios, calles o locales.

Y de esa manera se perfila más y mejor la personalidad de quien se replantea su vida al saber volver la cara y entender que lo que fue nunca dejó de serlo, que nunca se marchó del todo; pero que eso es algo que solo se comprende cuando se vuelve a situar delante, cuando con voz cantarina Catherine Deneuve se baja del coche dispuesta a acercarse al surtidor de gasolina y el empleado la mira a los ojos y sobran las palabras.